• Autor/a: Dalia Ferry
  • Actualización: Diciembre 2019

Cuando Romeo se cruzó con Julieta

Capítulo 3

 

Tras salir del trabajo me fui directa al Club de Julietta, sin detenerme a comer por el camino. Tenía tantas ganas de saber qué había pasado con Isabella Conti que ni siquiera había podido dormir.

Nada más entrar en el club fui a la mesa de María, que se encontraba sentada en medio de varias voluntarias.

—María, necesito hablar contigo.

—¿Qué pasa, Fiorella? —preguntó al verme tan alterada.

—Verás, anoche estaba contestando los e-mail que me diste, cuando llegue a este.

María lo cogió en la mano y empezó a leerlo.

—Vaya, no imaginaba que entre ese montón de e-mail se podría leer algo como esto.

—Pues sí, y ahora necesito saber si tienes idea de quién es esa tal Isabella Conti.

—La verdad es que no, pero sé quién puede ayudarnos.

—¿Quién?

—Mi abuela.

—¿Crees que ella sabrá quien es esa tal Isabella Conti?

—Querida, si hay alguien en Verona que conoce a todos sus habitantes desde hace casi cien años es mi abuela, ya que no solo nació aquí sino que ha vivido aquí toda su vida

—¡Genial! ¿Cuándo podremos hablar con ella?

—Pues ahora mismo, si quieres.

—¿Ahora?

—Sí, está en mi casa y creo que ahora justamente está tomándose su merienda, seguro va a estar encantada de hablar con nosotras.

—Pues vamos entonces.

Salimos de club y nos fuimos hacia la plaza de Erbe, ya que justo en una de las calles colindantes tenía la casa María. Vivía allí desde que se casó con un prestigioso médico y tenía dos hijas gemelas, María y Paola.

—¿Cómo se llama tu abuela?

—Doña Marta.

Mientras entrábamos en la casa de doña Marta no pude evitar detener a María para volver a preguntarle.

—¿Crees que tu abuela se acordará de esa tal Isabella Conti?

—Si alguien en este mundo se puede acordar de algo esa es mi abuela, ya que tiene más memoria que un elefante. Anda, no preguntes más y entra, mi abuela está ahora mismo en el salón.

Nada más entrar, María me empujó dentro de una habitación que estaba justo a la entrada de la casa. Era bastante grande y tenía un enorme ventanal con cortinas blancas que dejaban entrar la luz en la estancia. No había muchos muebles, tan solo una tele enorme y un sillón en el que estaba sentada la abuela de María.

—Veo que ya has venido con tu amiga —dijo doña Marta al verme entrar con cara de susto en el salón.

—Así es abuela, esta es la chica de la que te hable

—Hola, querida, ven siéntate aquí a mi lado. —Hizo un suave gesto con su mano para que me sentara.

—Voy —dije mientras me sentaba.

—Yo voy a preparar tres cafés mientras habláis —puso de excusa María para dejarnos solas.

—Perfecto, hija. A ver, dime Fiorella, ¿qué es lo que quieres saber?

—Vera, doña Marta, necesito saber ¿qué fue de Isabella Conti?

—Y eso ¿por qué?

—Bueno, no sé por dónde empezar, así que será mejor que lea esta carta. La recibimos ayer en el correo del club de Julietta.

Tras coger la carta, doña Marta cogió sus gafas y empezó a leer. Al cabo de unos minutos me miró con una sonrisa en los labios.

—No me puedo creer que Romeo haya aparecido de nuevo.

—¿Romeo?

—Sí, así era como llamábamos las chicas del barrio a Didier.

—Entonces, eso quiere decir que conoce a Isabella Conti.

—No solo la conocí, hija, además es y será una de mis mejores amigas.

—¿Está viva?

—Por supuesto que está viva.

—¿Sabe usted dónde vive?

—Claro que sí, hija.

—¿Está cerca de aquí?

—No, la verdad es que no, ya que Isabella vive ahora en Canarias.

—¿En Canarias? —grité—, pero, ¿en qué isla del archipiélago?

—En Gran Canaria, en un pueblo muy bonito llamado Tejeda.

—No me lo puedo creer, la señora Isabella está viviendo en Gran Canaria.

—Sí, con su nieto, que es un importante hombre de negocios del sector hotelero.

—Pero, es incredible.

—Increíble ¿por qué? —me preguntó intrigada.

— Bueno, porque mi madre era canaria.

—¿Canaria?

—Sí, mi madre vivía en el municipio de Mogán y fue allí donde conoció a mi padre, un veronés que pasaba allí unos días de vacaciones y que terminó perdidamente enamorado de mi madre, que era camarera en un pub de la playa.

—Vaya, que historia más bonita.

—Siempre se amaron, hasta el último día.

—¿Ya no viven?

—No, mi padre murió hace tres años de cáncer y mi madre el año pasado de tristeza.

—Lo siento, hija.

—Bueno, si hay algo que me consuela es saber que están juntos en algún lugar, velando por mí.

—Eso es muy bonito. ¿Tienes hermanos?

—No, soy hija única.

—Entonces, ¿ahora mismo estás sola en la vida?

—La verdad es que estaba sola, pero ahora tengo a mi familia del club de Julieta.

—A ver, de qué estaban hablando, si se puede saber. —María entró en el salón con una pequeña bandeja con tres tazas de café y un pequeño plato de galletas.

—Pues que ya hemos encontrado a la famosa Isabella Conti. —Sonreí.

—Eso es maravilloso. ¿Y dónde vive?

—Ahí está el problemilla.

—No me digas que está muerta.

—No, hija, no esta muerta, Julieta está viviendo ahora mismo en Gran Canaria — gritó su abuela.

—¿Por qué le dice Julieta doña Marta? —pregunté curiosa.

—Bueno todas sus amigas la llamábamos así por ser protagonista de un amor tan complicado. No olvides que ella era hija de un seguidor de Mussolini y él un soldado perteneciente al bando de los aliados.

—Tiene usted razón, es una historia bastante complicada digna de todo un romance de Shakespeare —suspiré.

—Bueno y ¿qué vamos a hacer para encontrar a Isabella Julieta o como se llame? — gritó María.

—Pues no queda de otra, alguien va a tener que viajar a Gran Canaria —refunfuñó doña Marta.

—Pues creo que voy a tener que ser yo la que vaya, ya que por suerte conozco aquello y además tengo familia allí.

—¿Estás segura, Fiorella? No sé yo si vale la pena tanto trabajo por alguien que ni siquiera conocemos.

—No la conocemos, pero forma parte de nuestro trabajo en el club, dar respuesta a quien nos la pide.

—Sí, Fiorella, pero esto ya es demasiado.

—No te preocupes, además tenía pensado coger unas vacaciones en la oficina, hace tiempo que no cambio de aires y la verdad lo necesito.

—Pero Gran Canaria, eso está muy lejos, amiga.

—Qué va, tan solo está a dos horas de distancia y la verdad es que tengo muchas ganas de visitar a la familia de mi madre.

—Pues si es así, ya no hay más nada que hablar —protestó doña Marta.

—Ahora mismo voy a sacar el pasaje y hacer las maletas.

No podía ser verdad, ¿cómo era posible que me hubiera metido en este lío? Pero ya no había vuelta atrás, ya estaba en el avión con destino a Gran Canaria y no me quedaba de otra si no seguir adelante. Por suerte para mí, tenía dos tías viviendo en Mogán, ellas sin duda me ayudarían a estar cómoda durante mi estancia en la isla. Ahora solo me faltaba armarme de valor para ir a ver al nieto millonario de doña Isabella para que me diera permiso de ver a su abuela.

Según doña Marta su nieto era un hueso bastante duro de roer, así que tendría que ser lo bastante audaz para convencerle. Tenía la tablet en el bolso, así que tenía por delante dos horas para ponerme al día con la familia Conti.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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