• Autor/a: Dalia Ferry
  • Actualización: Diciembre 2019

Cuando Romeo se cruzó con Julieta

Capítulo 12

 

Seis meses después…

 

—Fiorella, no me puedo creer el éxito que está teniendo tu libro, ya hay una cola enorme en la entrada del museo solo para que tú le firmes su ejemplar.

—Sí, yo aún no me lo puedo creer, Celia, aunque en parte sé que la historia de Doña Isabella y Don Didier es maravillosa y sin duda eso es lo que ha enamorado perdidamente a los lectores

Celia era la gerente del museo de Julieta y también una de mis mejores amigas de la universidad. Tenía treinta y cinco años y estaba felizmente casada con Federico, un imponente chico italiano de ojos verdes de más de metro ochenta que trabajaba como inspector de arte en el museo. Ella tenía unos impresionantes ojos azules y una larga cabellera rubia que le llegaba hasta la cintura.

—Bueno, en parte el éxito también se debe a tu labor como escritora no le des todo el mérito a ellos —refunfuñó dándome una palmadita en la espalda—. Deja ya de ser tan modesta Fiorella y por una vez en tu vida date la valía que mereces.

—Sabes tan bien como yo como soy.

—Sí, y por eso sé también cómo ponerte en tu sitio para que entiendas que esta historia es tuya, si puede que pertenezca a Isabela y Didier, pero si no llega a ser por tu ayuda nunca hubiera sido esto, una historia con final feliz, tan solo un recuerdo perdido en la historia de ambos enamorados.

—Cierto —reconocí al final.

—Ahora voy a preparar la recepción para que entren tus lectores. Creo que el sitio perfecto para recibirlo es en el patio donde está la estatua de Julieta. Hay mucha más luz natural y además todo el que lo desee podrá tocar el seno de Julieta para que lo ayude a encontrar el amor.

—Pues yo no sé si le servirá de mucho, yo lo toqué antes de partir en busca de Isabella, y sigo sola —protesté.

—Por ahora sigues sola, nunca se sabe lo que puede ocurrir de repente. —Sin decir nada más y con una sonrisa maliciosa en los labios salió de la habitación dejándome allí con la palabra en la boca.

El patio estaba totalmente repleto de gente. Ni en mis mejores sueños me pudiera haber imaginado algo así. Todos llevaban mi libro en la mano y esperaban por mí. En ese momento sentí un miedo atroz y quise marcharme de allí corriendo, pero por suerte mi fuerza de voluntad fue más fuerte que mi miedo y baje lentamente las escaleras. Bajo la atenta mirada de todos los asistentes me situé en el escenario y coloque el micrófono a la altura de mi boca y sin saber muy bien porque empecé a hablar.

—Quiero darles las gracias a todos por haber venido. Ni en un millón de años me hubiera imaginado, cuando empecé a escribir esta historia tras mi regreso de París, que terminaría por enamorar a tanta gente. Me animó a escribirla quizás las ganas de dar a conocer una historia complicada que por suerte tuvo un final feliz, tardío quizás pero feliz, ya que ambos ahora mismo están juntos.

—Si quieren preguntar algo a la escritora, ahora es el momento —dijo Celia que se situó a mi lado en el escenario.

—Sí, yo —gritó una chica situada en primera fila—. ¿Cómo ha sido el trabajo de documentación?

—Pues tengo que reconocer que he ido a visitar algunos archivos históricos de Verona, pero mi mayor fuente han sido sin duda Isabela y Didier. La primera parte de la trama se desarrolla durante la etapa final de la Segunda Guerra Mundial, momento en el que se suceden varios hechos históricos en Italia con el fin de derrocar al partido fascista de Musolini, y sin duda he querido ser lo más fiel a la historia posible sin omitir nada, por eso he tenido que leer mucho tanto en libros como en documentos históricos.

—¿Podremos conocer a los protagonistas? —gritó un señor mayor que estaba en la última fila.

—Sí, después tendremos una conexión por skype con ambos.

—¿Alguien más quiere preguntar algo antes de empezar a firmar ejemplares? —volvió a decir Celia.

—Yo —dijo una joven situada en segunda fila—. ¿Qué paso al final con Lorenzo? En la historia el personaje desaparece de la vida de la protagonista sin más.

—Bueno, la verdad es que Lorenzo…

—La verdad es que Lorenzo se quedó de piedra cuando regresó al hotel en busca de su amada y se encontró con que se había ido, estaba tan enfadado con ella que decidió volver a Gran Canaria para olvidarla, pero le fue imposible, ya que ella por desgracia se le había metido de lleno en el corazón. —Miré en dirección de aquella voz y vi a Lorenzo que entraba en el patio con una ligera sonrisa en los labios. Yo me quedé petrificada sobre el escenario sin saber que decir.

—¿Y usted es? —preguntó Celia al ver que yo no decía nada.

—Yo soy Lorenzo, el hombre que esta señorita dejo plantado en París. —En ese momento todas las miradas de la sala fueron hacía mí. Quise salir corriendo, pero me negué a hacerlo y me arme de valor.

—No te dejé allí plantado, te dejé con tu adorada Belinda —grité enfadada mientras todas la miradas se volvían hacía Lorenzo.

—Ella no es mi adorada Belinda, solo es una tremenda desquiciada que piensa que todos somos de su propiedad. Sí te hubieras quedado lo suficiente te habrías dado cuenta de que tan solo estaba esperando el momento oportuno para deshacerme de ella con educación.

De nuevo todas las miradas se centraron en mí.

—No creo que yo sea la chica ideal para ti, y no quiero tener que volver a sufrir cuando te canses de mí y quieras buscar en otra parte lo que yo no puedo darte.

—Hablas así porque tienes miedo a enamorarte por lo que te paso en el pasado, pero si sigues anclada en un pasado que no te aporto nada, te quedarás hay y te vas a perder muchas cosas, cosas que quizás en ocasiones no sean tan buenas, pero que otras te harán muy feliz.

Lorenzo estaba cada vez más cerca de mí a los pies del escenario y los presentes cada vez más absortos con nuestras palabras.

—¡Mi único amor surgido de mi único odio! Muy pronto lo he visto y tarde lo reconozco —dije recordando una frase del libro de Romeo y Julieta que recreaba muy bien lo que sentía en aquel momento.

—Si por casualidad yo no recordara bien la más ligera locura en el que el amor me hizo caer como dejar todo de lado y volar a Verona en busca de mi amada, no sería amor ni tampoco sabría amar —recitó Lorenzo subiendo los escalones que no separaban mezclando sus palabras con las de Shakespeare.

Cuando lo tuve delante no pude evitar recitar otra de las frases de Romeo y Julieta.

—Hay más peligro en esos dos ojos verdes que me miran en estos momentos que en mil espadas que se pudieran clavar en mi corazón. —Sonriendo, Lorenzo puso su mano derecha suavemente sobre mi mejilla mientras la gente nos seguía mirando con gran expectación.

—Tus labios son para mí en estos momentos más tentadores y peligrosos que un ejército de soldados que vinieran en mi busca para matarme. Por eso, tan solo te pido un beso para poder enfrentarme sin miedo a todos ellos, ¿me lo concedes?

No se escuchó nada más en el patio de Julieta, tan solo los aplausos de todos los asistentes a la firma de libros que a la vez gritaban el título de mi libro.

Cuando Romeo se cruzó con Julieta.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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