• Autor/a: Dalia Ferry
  • Actualización: Diciembre 2019

Cuando Romeo se cruzó con Julieta

Capítulo 11

 

—Abuela no entiendo cómo has podido tomar una decisión así sin ni siquiera consultarme antes —gritó Lorenzo enfadado.

—No ha sido una decisión fácil de tomar, Lorenzo, pero ahora que por fin me he reencontrado con Didier no pienso dejarlo solo. —Doña Isabela se sentó en el sofá que estaba justo al lado de la silla de ruedas de Didier.

—Sé que es difícil de entender que tu abuela haya decidido quedarse conmigo, pero después de tantos años separados y dado que yo tengo problemas de movilidad esta es la única solución que por ahora se nos ha ocurrido.

El señor Didier era un hombre que a pesar de tener más de noventa años mantenía intacto todo su atractivo de juventud. Tenía unos impresionantes ojos azules y un magnífico pelo blanco. Iba vestido con unos pantalones azules y una camisa blanca de seda. Se notaba que se había vestido para una ocasión especial, el recuentro con su amada Isabella.

—Entiéndame, señor Didier, mi abuela ya no es ninguna niña y no quiero que este aquí sola y sin ayuda.

—Pero yo no voy a estar sola, Lorenzo, voy a estar con Didier, además si necesitara algo te llamaría inmediatamente.

—Le puedo asegurar Lorenzo que a mi lado no le va a faltar de nada. Tengo personal a mi servicio las veinticuatro horas y además estaré yo siempre a su lado.

Ambos miraron a Lorenzo con una mirada que rompería a mil pedazos el corazón más duro.

—Está bien, pero llámame todos los días para saber de ti, ¿de acuerdo? —dijo Lorenzo mientras abrazaba a su abuela y le daba un apretón de manos a Didier.

—Ya ve, señora Isabella, al final ha encontrado a su amor perdido —dije yo al fin tras mantenerme alejada de la conversación.

—Y todo gracias a ti, mi querida Fiorella. —Doña Isabella me dio la mano y me acercó a Didier que permanecía sin moverse justo al lado del enorme sofá de cuero marrón.

—Así que eres tú la joven que recibió mi carta —preguntó Didier dándome las dos manos para que me sentará a su lado en el sofá.

—Sí, fui yo la que recibí su carta en el club de Julieta.

—Sabes que te debo la vida, hija, y más aún, pídeme lo que quieras y será tuyo.

—No necesito nada, don Didier, mi mejor paga es verlos juntos.

—Aun así quiero darte algo. —Yo me levanté del sofá y senté en mi lugar a doña Isabela y junte sus manos.

—Este es sin duda mi mejor regalo.

Tras dejar a regañadientes a su abuela en casa de Didier, Lorenzo y yo nos fuimos a comer a un restaurante cercano a la librería de Shakespeare. Mientras comíamos Lorenzo no dejaba de mirarme con cara acusadora. No fue hasta el postre cuando soltó la temida pregunta.

—Se puede saber ¿por qué te fuiste del puente corriendo tras besarme?

—No salí corriendo, solo pare algo que creo que no va a llevar a ninguno de los dos a ningún sitio.

—Y eso ¿por qué?

—Porque todo fue debido a la magia de ese puente no a lo que realmente sentimos, ¿o me vas a decir qué estás enamorado de mí?

—Y tú lo estás de mí —me preguntó mirándome directamente a los ojos.

—No puedes contestar a una pregunta haciendo otra —protesté.

—Y tú no puedes esquivar una pregunta con algo que no tiene sentido.

—No sé a qué te refieres con eso.

—Pues que me preguntas si estoy enamorado de ti cuando la verdadera pregunta sería ¿hago sentir algo a este corazón viejo y cansado? Y mi respuesta hubiera sido que sí.

En ese momento no pude evitar sonrojarme.

—No puede ser algo tan sencillo.

—¿El qué? ¿Enamorarse? —En ese momento me dio la mano y la entrelazó con la suyas.

 —Quizás el milagro de Julieta también nos alcanzó a ti y a mí. Dos corazones que iban a la deriva en medio de la oscuridad se encuentran por casualidad del destino y unen sus vidas porque aunque ellos no lo saben se complementan como el día y la noche.

—Son palabras hermosas, pero difíciles de creer.

—Difícil de creer ¿por qué?

—Porque un hombre de éxito como tú no puede sentir ningún tipo de atracción por alguien como yo que pasa las horas muertas de su soledad contestando las cartas de otras personas.

—El éxito se obtiene con trabajo constante y fuerza de voluntad, alguien como tú que es capaz de dejar su vida aparcada para ayudar a otra persona a encontrar su felicidad es más difícil de encontrar. —En ese momento se levantó y unió su silla a la mía y se volvió a sentar junto a mí—. Dale una oportunidad al amor Fiorella dime que sí. —Iba a besarme cuando una potente voz femenina interrumpió el momento y llamó poderosamente nuestra atención.

—Lorenzo, no me puedo creer que estés en París —gritaba sin parar una chica de alrededor de treinta años elegantemente vestida con un vestido de seda rojo que le llegaba hasta la rodillas y un impresionante abrigo blanco de visón, a primera vista sintético. Aunque lo que más me llamó mi atención eran sus sandalias de cristal con diamantes a juego con el bolso de mano.

—Ni yo que tú estés aquí en estos momentos, Belinda. —Lorenzo se levantó para darle la mano y ella se le tiro encima para abrazarlo como una loca.

—Es cosa del destino Lorenzo, pero dime ¿qué estás haciendo en París? No habrás venido para darme una sorpresa. —Mientras hablaba ni cuenta se daba de que yo estaba allí, para ella era invisible. Lorenzo se dio cuenta y nos presentó.

—Belinda, te presento a la señorita Fiorella Mancini, es —no le dejó terminar, ya que le dio la mano y lo arrastró tras ella hasta su mesa sin ni siquiera mirarme.

No podía escuchar con claridad lo que decían, ya que estaban a más de tres metros de mi mesa sentados junto a un ventanal desde donde se veía la torre Eiffel. Lorenzo se sentó en una de las sillas y ella se sentó justo a su lado sin soltarle la mano.

—Tráiganme el mejor champán francés que tenga —gritó a uno de los camareros que estaba justo a su lado.

Yo estaba allí sentada, con la taza de café aún en la mano, viendo cómo una tonta como una bella parisina se llevaba de mi lado a Lorenzo. Pero, ¿qué podía hacer yo? Si ella era justo lo que él necesitaba a su lado una chica elegante y sofisticada y no a una perdedora como yo, que ni glamour tenía vestida con unos jeans desgastados y una simple camisa blanca de satén. Mis salones tenían ya varios años y se veían bastante viejos por el paso del tiempo. Miré a Lorenzo y mire a Belinda y me di cuenta de lo tonta que había sido en pensar por un momento que una historia como la de Romeo y Julieta fuera posible entre nosotros dos.

Me levanté sigilosamente para que no me viera marcharme y mientras salía del restaurante, bajo la tenue sombra de la luna detrás de la torre Eiffel, saqué mi tablet y busqué el primer vuelo disponible a Verona para esa misma noche. Por suerte para mí salía en menos de dos horas, el tiempo suficiente para despedirme de una vez por todas de un sueño solo posible en los cuentos de hadas.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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