• Autor/a: Dalia Ferry
  • Actualización: Diciembre 2019

Cuando Romeo se cruzó con Julieta

Capítulo 1

 

—Fiorella, ¿ya terminaste de escribir tu carta?

—La verdad es que aún me queda por añadir algunos detalles más, pero casi está terminada.

—No debes esforzarte tanto con cada carta o no vas a terminar nunca de contestarlas.

—Me da igual, Bianca, me encanta leer y contestar cada una de las cartas que caen en mis manos cada día, es como una especie de terapia alternativa que me gusta hacer sin prisas.

—Pues yo ya me voy, tengo que regresar a mi casa porque mis hijos me esperan.

—¿Vas a venir mañana?

—Pues no lo creo, la verdad. Esto no es para mí, me aburre mucho contestar las cartas.

—Tranquila, esto es cuestión de vocación.

—Bueno me voy ya, que se me hace tarde. Llámame cuando llegues a tu casa.

—Lo haré, tranquila.

Nada más salir Bianca del Club de Julieta, me levanté y fui a coger otro pequeño montón de cartas situada sobre la mesa del correo. Me gustaba estar allí cada tarde y olvidar mientras contestaba aquellas cartas lo sola que estaba desde que había muerto mi madre. La casa cada vez se me hacía más grande y las noches solitarias y eternas, por eso me gustaba estar allí sentada escribiendo sin parar, viendo cómo pasaban las horas, esas horas que tanto daño hacen en ocasiones. En un primer momento, era solo eso, pura distracción, pero con el paso de los meses se convirtió en algo más, en una valiosa amistad. Sí, quizás sea exagerado por mi parte pensar así, pero cuando una tiene más de treinta años y casi todas tus amigas se han casado y han formado una familia, te quedas así sola, aunque en ocasiones puedas salir a tomar un café con ellas.

Por eso me gusta tanto estar aquí y disfrutar de la compañía de toda la gente que cada semana le envía una petición a Julieta, la eterna enamorada de Shakespeare. Pero tengo que confesar que aparte de eso, estoy preparando mi segundo libro, ya que hace un año saqué uno de poemas dedicado a este lugar, al lugar que tanto le debo y que tanto me ha dado sin pedirme nada a cambio.

—Fiorella, mira lo que tengo para ti. —Era la presidenta del club, María.

—No me digas que han llegado más e-mail.

—Así es, han llegado diez más en lo que va de tarde, y como sé que a ti te gusta, pues te las he impreso en papel. Además una de ellas está escrita en francés y como sé que se te da bien ese idioma…

—Tranquila, me las quedo yo, no tengo nada mejor que hacer hoy.

—¿Cómo que no tienes planes para un viernes por la noche?

—No.

—Voy a tener que organizarte una cita con algún primo mío.

—María, mejor te ahorras el esfuerzo, porque no pienso salir con ninguno de tus primos, no estoy tan desesperada.

—Pero ¿por qué? Si son super atentos y educados.

—Sí, y también buscan una esclava en casa para que le hagan las tareas domésticas.

—Bueno, pero por lo menos tendrás compañía.

—Prefiero estar sola, gracias.

—Tú te lo pierdes.

—Jajajajajaja, dame los e-mail y las llaves para cerrar el club antes de que termines por enfadarme de verdad.

—Sabes que vas a terminar por ser la solterona de Verona.

—Y con orgullo y sin ningún prejuicio además.

—Venga me voy ya, no trabajes mucho en los e-mail.

—Descuida, jefa.

Nada más quedarme sola empecé a leer uno a uno cada uno de los e-mail para poder darle a cada uno la contestación perfecta. Había leído ya nueve de las diez cartas y tenía que admitir que no tenían nada de especial. Todas eran peticiones a Julietta, para encontrar el amor o consuelo ante un desengaño, o sea más de lo mismo. Estaba a punto de tirar la toalla cuando vi que me quedaba aún una por contestar, la que estaba escrita en francés. Tenía ganas de dejarla para el día siguiente y marcharme de allí, ya que eran más de las once de la noche, pero la curiosidad pudo más que el cansancio y la monotonía y empecé a leer.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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