• Autor/a: Leona Rodrígues
  • Actualización: Septiembre 2020

Tercera parte

 

–Florecilla, ¿hoy podrías cerrar tú? –Aelén estaba recogiendo cuando su jefe entró en la trastienda. –Un cliente pregunta por ti.

–¿Corte?

–Creo que también le gustaría arreglar la barba –Lucio le guiñó un ojo. –Aunque ya está guapo así.

La joven movió la cabeza, aguantando la risa. –¿Quieres que consiga su número?

–Yo no he dicho eso –la miró como si estuviese loca –. Pero si te haces con él, mañana hablamos.

–Seguro que es hetero –lo trató de molestar.

–Mmm… –ronroneó –Siempre lo parecen, florecilla mía.

–¡Pero que no me llames así! –se quejó, aún riéndose. Aunque ya no le resultó tan gracioso encontrar a su demonio en la sala de espera, leyendo distraídamente una revista de moda masculina en el sillón de cuero.

–Buenas tardes, caballero –lo saludó como habría hecho con cualquier otro cliente –, acompáñeme por favor –, señaló los amplios tocadores con espejo, dispuestos en línea recta contra la pared de ladrillo.

La campanilla de la puerta tintineó cuando su jefe abandonó el establecimiento con el abrigo colgado del brazo. Bajó la persiana más o menos hasta la mitad y se perdió en la oscuridad convertido en una sombra entre las luces de neón del resto de locales.

La joven preparó la cuchilla mientras miraba el reflejo del hombre en el espejo.

–Ya me iba a casa –. No reconocería en voz alta que se alegraba de verlo.

–Deberías dejar a esas brujas.

–Bueno…y  tú deberías venir en hora. –Señaló el círculo blanco del reloj, que se acercaba a las diez en punto sobre una colección de navajas enmarcadas..

–Antes estaban tus compañeras. Había mucho jaleo.

–¿Cómo quieres que te lo corte?

–Me fio de ti.

Aelén no podía decir lo mismo de él. Ni de ella misma tampoco.

–¿Qué te pasa conmigo?–, le cubrió los hombros con una toalla limpia –¿Quieres llevarte mi alma o algo así?

–No, amor. He cambiado de opinión sobre eso.

–Lucio tiene razón –encogió los hombros mientras acercaba la mano al cuello ancho del hombre.

–¿Sobre qué? –sus ojos brillaron de un modo que ella no pudo interpretar.

–En lo de que te arregle la barba –aunque ya estaba perfecta de aquel modo.

Cubrió con jabón la zona.

–Antes deberías hacerme el masaje –le recordó.

–¿Qué te de un masaje? Como que ya no da tiempo.

Con cuidado, deslizó la cuchilla por su piel. En realidad tenía curiosidad por ver su rostro despejado. Parecía más joven de aquel modo.

A continuación, fingiendo limpiar los restos de espuma, rozó con los dedos la zona por la que debería discurrir la yugular, pero no consiguió encontrar rastro alguno de pulso. –¿Cómo te llamas?

–Eso depende de quién lo pregunte.

–¿No puedo saberlo o qué? –Se quejó.

–En otro momento –. El demonio cerró los ojos, relajándose contra el sillón retro. –¿No prefieres saber qué hago aquí?

–Ya lo sé –le respondió muy seria. –Notó cómo los hombros de él se tensaban ahora bajo su contacto. –Has venido a decirme que no puedes dejar de pensar en mí. Que ha sido como amor a primera vista –bromeó.

–No exactamente. Pero aquello te gustó, ¿no? –Levantó una ceja, mirando con los ojos entreabiertos el reflejo de la joven.

Aelén se revolvió incómoda. –No sé de qué hablas.

–Si quieres te lo recuerdo –le dedicó media sonrisa, pero la joven no llegó a verla. Había dejado caer el rostro mientras se concentraba en estirar los mechones con el peine. No quería que sus manos empezasen a temblar. –O mejor me callo –, continuó él en voz alta –no te vaya a poner nerviosa y tengamos que rapar.

–Si no te gusta, no te preocupes que te vuelve a crecer. La próxima vez vas a otro sitio y ya está.

–Me gustas tú –le aseguró él. –Sé buena, ¿de acuerdo?

Aelén negó con la cabeza. Más que nada, se estaba diciendo que no a sí misma.

Le incomodaba saber que tenía la vista fija en ella. Permanecieron un rato en silencio, hasta que recordó de qué estaban hablando. –¿Por qué estás aquí? Ahora en serio.

–Te lo contaré más tarde.

Oyó cómo la joven dejaba escapar un suspiro. Le gustaría volver a hacerla emitir esos ruidillos, pero ocupándola de otro modo.

Con la mano hizo un gesto hacia el corte–, está quedando bien.

–Espera, voy a echarte un poco de cera y ya está.

Después de cobrarle, le preguntó por qué no se iba.

–Te llevo a casa

–¿En serio? ¿Teletransportándonos?

El gesto que puso la joven le resultó divertido. Alzando las manos en son de paz le dijo que no pensaba colarse en su cama.

–Se lo contaré a Dimitra –, amenazó ella.

El gesto del demonio se ensombreció.

Tras de echar las cerraduras, él le tomó el brazo inocentemente mientras avanzaban contra las fachadas para protegerse de la lluvia.

–¿En dónde está tu coche?

Señaló un modelo antiguo de carrocería negra que estaba aparcado algo más allá, entre dos arbolillos jóvenes que apenas conseguían protegerlo de la tormenta. En la parrilla delantera, en donde debería ir la marca, relucía bajo la luz de las farolas el símbolo plateado de un tridente con puntas afiladas.

–¿Se lo has puesto tú? –Aelén señaló la forma.

–Los venden así –le respondió sin mucho interés mientras le abría la puerta.

–Ya claro. ¿Es una broma o qué?

–No, amor. Es un maserati –la lluvia empezó a caer más fuerte.

–Ah… –en realidad no tenía ni idea de qué era eso.

–Vamos, sube –le sonrió mientras giraba la llave en el contacto.

La joven se acomodó en el asiento de cuero negro mientras las luces de la ciudad iban quedando atrás. Reconoció la ruta que estaban tomando al tomar el primer desvío de la autovía.

–¿Sabes si tu tía está ahora en casa? –le preguntó cuando se acercaban al cercado de la finca.     

Negó con la cabeza. –Se han ido todas a  preparar algo de la boda. –No estaba muy segura de qué era en aquella ocasión.

Él asintió, disminuyendo la velocidad a través del caminillo de tierra. Aparcó delante de la pequeña veleta, que se movía con el viento, sujeta a la barandilla.

–Gracias por traerme –Su voz sonó entre el chasquido de ramas rotas. Mientras abría la puerta del todo, algunas gotas de lluvia cubrieron el salpicadero.

Él la retuvo del brazo –.Coge tus cosas. Te espero aquí. 

–¿Eh…? –se llevó la mano a la boca, ocultando un bostezo. Lo miró cansada, sin entender –. ¿Esa tontería querías decirme?

Él negó con la cabeza. –Lo que quería decirte es que no tengas miedo. 

–Vale. Hasta otro día. –Subió los escalones del porche notando cómo la tela del vestido se le iba pegando a la piel, cada vez más empapada en la zona de los hombros y la espalda.      

Él la siguió.

Golpeó la puerta cuando se la cerró casi en las narices.

–Aelén… –el agua recorría su rostro en forma de hilos. Desde la barbilla caían a la camisa oscureciendo  el tejido, tirante en la zona del pecho.

–No voy a ir a ninguna parte –respondió a media voz. –Ya me lo explicarás otro día… Estoy cansada.

Él permaneció un buen rato aún en el vano de la puerta.

En realidad Aelén no estaba segura de cuándo había llegado a irse. Estaba secándose el pelo con una toalla para ir directa a la cama cuando el sonido de un motor ganó fuerza a través de la tormenta. Por la ventana vio cómo el taxi aparcaba cerca de la entrada.

–¡Aelén, Aelén! –.Su tía entró jadeando, a paso rápido, mientras encendía las luces de la casa .En cada cuarto buscaba con la mirada algo que parecía escurrírsele.

–¡Tú! –exclamó al cruzarse con la joven al final del pasillo –. Nos vamos.

Poco después, con el rostro apoyado contra la ventanilla del mismo taxi, la joven le preguntó qué hacían en aquel callejón estrecho. Estaba muerta de frío y de sueño.

Y tenía hambre.

A través del vaho que cubría el cristal podía ver cartones empapados en el suelo y cómo alguna hoja suelta de periódico sobrevolaba los contenedores.

–Tía…–repitió. –¿Por qué estamos aquí?

–Porque no hay cosa que no nos estropees –le gritó cuando se detuvieron delante de una verja. Al otro lado un hombre rapado se apoyaba descuidadamente contra el muro cubierto de grafitis. –¿Pa qué tenías que apagar esa vela?

Por la cabeza de Aelén pasó fugazmente la imagen del ático envuelto en llamas. Cómo iba a dejarla encendida con la casa vacía. –La podría haber tirado un ratón –opinó en voz alta, muy seria.

Dimitra se detuvo en seco.

Le cruzó la cara de un bofetón. Farfulló algo mientras la joven se llevaba las manos al rostro. Le dijo en voz alta lo estúpida que era mientras la obligaba a avanzar hacia la verja.

El hombre, que lo mismo era un portero que solo estaba en aquel lugar de casualidad, arrastró a un lado la parte más estrecha del portón, en buena parte oxidado. 

–Tengo que casar bien a Clara. –La condujo al interior haciéndole daño en el brazo. Allí había cajas de bebida apiladas contra los muros de bloque gris.

–¿Qué es esto?

Una mujer rubia las condujo a la sala de billar. La luz estaba apagada. Desde allí se podía oír el repiqueteo de los dados contra la ruleta, el goteo de un canalón y risas lejanas. 

El fuego que crepitaba en la chimenea descubría la forma de tres hombres altos.

Aelén se relajó al distinguir la silueta del que se situaba cerca de las llamas. Aunque los envolviera una densa penumbra, él tenía la vista fija en su mejilla enrojecida.

–¿Qué has hecho Dimitra? –el sonido grave de su voz hizo eco en las paredes, rebotando contra las molduras cubiertas con pan de oro. Se acercó a la joven.

Pasó el dorso de la mano por la marca, caliente e hinchada.

–No es nada –le aseguró Aelén, con la vista clavada en el suelo de mármol.

–Te va a doler más lo que te van a hacer estos después. –Dimitra miró a los demonios. –No quiero saber más de esta.

El que tenía el cabello canoso, de edad indeterminada, habló entonces.

–No hemos pedido que la traigas.

La mujer se quedó pálida –. Nosotras cumplimos nuestra palabra.

–¿Y ella? –preguntó un tercero, sin abandonar las sombras.

–Ella cumple por el bien de su familia –pateó contra el suelo de mármol. El movimiento hizo que las pulseras doradas que le rodeaban los brazos tintineasen al son de su enfado. –¡Sé yo que esto me está buscando a mí la enfermedad! ¡Con lo que ya tengo conmigo! –. Después miró acusatoriamente a Aelén, que inconscientemente se había refugiado contra el pecho del demonio. Él le acariciaba distraídamente el cuello con el pulgar, detrás de la oreja.

–Tía…

–Tú te callas. –la joven supo que, de no estar envuelta entre aquellos brazos, le habría dado otro bofetón. O uno de cada lado.

Aquella noche Dimitra volvió sola a casa. Fue al día siguiente cuando Aelén se atrevió a ir con Ana. Encontró a su hermana mayor envuelta en llanto. Debía de llevar largo rato llorando.

Se sentó a su lado y le tomó la mano entre las suyas. Ya no había anillo de compromiso.

–Lo siento Clara –, le dijo.

La chica se sorbió la nariz. Pasó una mano por la frente, arrastrando hacia atrás la melena teñida de un rubio claro, casi como el de Madonna. Estaba enredado como Aelén no lo había visto primero.

–¿Has dormido? –le preguntó, notando sus ojeras azuladas, que en aquella piel tan clara aún parecían más profundas.

–¡Me has jodido la vida! –le chilló, con las pupilas contraídas. La señaló acusatoriamente estirando el brazo.

–¿Por qué hiciste caso a Dimitra? Te ibas a casar con un…

Clara negó con la cabeza.

–El demonio era para ti, imbécil. –La apartó de un empujón en los hombros. –Eras su comida.

Aelén notó cómo la humedad empezaba a acumulársele en los  ojos. –¿Tú… lo s-sabías?

–Lo sabe todo el mundo –. Volvió a sorber la nariz. –Menos tú, ¡que nunca te enteras de nada!

–No quiero más de esto… –notó cómo se le quebraba la voz. Subió con Ana a recoger las cosas de la habitación.

–Tía…–empezó su amiga, poniéndose de puntillas para ayudarla  a bajar la caja de lo alto del estante –, lo de antes… osea, lo de antes no iba en serio… ¿no? –consiguieron alcanzar la colección de cassettes. En la parte de arriba había uno de Bonnie Tyler y otro de Camela entre los recopilatorios del verano.

–¿Qué si va en serio? Olvídalo –Aelén siguió doblando las camisetas.  –Supongo que todo eso del tarot se les ha subido a la cabeza.

–¿Me lo dices de verdad?

–Que sí... –mintió –, en serio.

Cuando varias mochilas y alguna bolsa de plástico llena de ropa llenaban el maletero, Ana le preguntó si ya lo tenía todo.

–Si lo hubiera cogido todo haría falta otro coche –respondió abatida, dejando caer la espalda contra la funda del asiento. –Supongo que no lo necesito.

–O un camión –añadió la otra muchacha mientras ponía el coche en marcha. –Pero va a ser chachi. Osea, estará guay vivir juntas.

Aelén asintió, limpiando las lágrimas con la manga de la blusa.

–No me has contado nada de ese tío –continuó Ana, intentando cambiar de tema.

–¿Samael? –Aelén pensó en su demonio.

–Está muy bueno. Súper buenísimo –. Remarcó la última parte.

–No quiero volver a verlo.

–Jo –, mientras avanzaban por la carretera, Ana miró con ensoñación a través del retrovisor. –Y tú crees que… ¿ osea, no puedes presentármelo? O igual tiene amigos así como…

–No quiero hablar más de esto –. Aelén sacó la mano por la ventanilla, intentando enredar entre los dedos el aire caliente, que traía consigo briznas de polen y el olor profundo del bosque.

–Que egoísta eres tía.

 

 

Siete años después…

 

Aelén despertó al sentir un beso en el hombro. Notando el tacto suave de las sábanas blancas, se volvió hacia Samael, que se había recostado en el colchón, completamente vestido.

–Mmm…–no estaba muy segura de qué hora era. La luz clara de la mañana se colaba a través de la cristalera, sobre el resto de tejados. La forma diminuta de las antenas apuntaba en la distancia hacia el cielo azul, despejado.

–¿Qué es eso? –aún estaba demasiado dormida para recordar por qué necesitaba un sobre; el que le tendía su marido.

Se despejó algo más cuando sacó la escritura sellada del interior.

–¿Qué es?

–Un regalo –sonrió él, colando la mano bajo las telas en dirección a su muslo desnudo. –Ahora la ciudad es tuya.

–¿Eh?

–Será divertido que le pertenezca a una humana.

Aelén se dejó caer contra las almohadas.

–Prefiero una casa con piscina.

–Ya tienes varias –le sacó el camisón por los brazos sin que ella opusiera resistencia. Antes de besarla se detuvo para contemplar su cuerpo con lascivia –. Necesito más, amor.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: pixabay.com/es/

Índice de capítulos

Aelén

 

 

Otros contenidos de la web

Copyright © 2002 - 2020 rnovelaromantica.com y elrinconromantico.com

| Aviso legal | Política de privacidad | Política de Cookies |