• Autor/a: Leona Rodrígues
  • Actualización: Septiembre 2020

Segunda parte

 

A primera hora de la mañana Aelén encontró a tía Dimitra en la cocina.

–Ayer había luz arriba. Como que… –tomó un cazo de color rojo –, co-como que os fuisteis y venga, la vela toda la noche encendida.

Calentó un café en el fogón de gas mientras la mujer daba buena cuenta del bizcocho cubierto con  glaseado. El azúcar derretido se acumulaba en la comisura de sus labios, que aún no llevaban la habitual capa de carmín.

Dimitra se volvió hacia la joven como quien acaba de recibir la visita de un fantasma. Sus ojos diminutos parecieron hundirse aún más en el rostro hinchado. Seguramente no la había oído entrar.

 –¡Ay nena! No se te puede dejar sola pa . –habló con la boca llena. –¿La fuiste a apagar?

 –¿Qué si la apagué? –escondiendo las manos detrás de la espalda se pellizcó los dedos, intentando que no le temblase la voz –. Uff… sí,  y bueno, después me fui a la cama.

A tía Dimitra se le cayó la taza al suelo. El brebaje oscuro, de olor fuerte, se esparció sobre el parquet entre los trozos de porcelana rota.

–No te muevas tía, ¡No te muevas! –, la joven tomó sus manos rechonchas, alzándolas. –Yo lo recojo.

Desde que a la mujer le habían prescrito aquellas pastillas para el corazón, le costaba detener la sangre de cualquier hemorragia, por superficial que fuera.

Mejor si no se acercaba.

–¿Vas a tener la mañana ocupá? –preguntó mientras Aelén pasaba la bayeta por el suelo, arrodillada a su lado.

–Como siempre –encogió los hombros –.Yo creo que llego a tiempo, no te preocupes.

–Tu hermana va a querer que la acompañes pa la prueba del vestido.

–Ah…–La miró un momento –Creía que ya lo tenía.

–Se va a fiar más de tu gusto que del nuestro.

–No creo. No quiere que la maquille– se levantó y dejó correr el agua del fregadero mientras retorcía la bayeta bajo el chorro, que salpicó lo cubiertos sucios.

–Sé yo por qué te dijo eso nena. Creyó que fueras a tener otros compromisos –sonrió con pereza –.Voy a hablar con ella y… ya que te diga cuándo es.

             

La pedida de Clara se celebró un sábado a medianoche. Aelén se escabulló entre los invitados después de la ceremonia. Normalmente no acompañaba a su familia en las fiestas y lo cierto era que no quería ver cómo su falta de trato hacia aquella gente con la que no solía coincidir,  que bailaba en círculos y taconeaba contra el suelo de mármol del salón, comprometiese a sus hermanas. 

Imaginó que sus amigas estarían en el cine. Aquel jueves le tocaba elegir a Rebeca, pero Ana trataría de convencerla para ver Cuatro bodas y un funeral. Prefería haberlas acompañado, pero una hermana no se casa todos los días. Aunque tenía unas cuantas.

Al principio, por dejar pasar el tiempo, pensó esconderse en el jardín interior. Los pies le dolían con aquellos tacones. Quería sentarse cerca del estanque porque había visto que una tortuga se movía despacito bajo los nenúfares. Pero, cuando alguna que otra pareja empezó a ocupar los bancos tallados en mármol, se sintió más cómoda cruzando el porche y el amplio vestíbulo hacia la salida.

No escapaba. Solo quería estar a su aire, lejos del sonido de las palmas.

Recogió el vestido de seda estampada y tomó asiento al comienzo de la escalinata. Al hacerlo no se dio cuenta de que había dejado un hombre más atrás, junto a la cristalera.

Él la observó en silencio mientras terminaba el cigarrillo. Dudó antes de acercarse.

Se pasó la mano por el cabello –. ¿Qué… qué haces aquí sola, amor?

Aelén se estremeció al oír la voz ronca.

Un desconocido con traje hecho a medida se sentó a su lado.

Sin mirarlo, notó cómo él chasqueaba la lengua a disgusto.

Ella negó con la cabeza, sin entender la facilidad de algunas personas para utilizar aquellas palabras cariñosas con cualquiera.

Permanecieron un rato en silencio. Cuando se le empezó a hacer incómodo, se volvió para explicarle que era la pedida de su hermana. Antes de poder decirle que no conocía a nadie, sus ojos se cruzaron con los del hombre, que eran de color gris.

Ya los había visto, no mucho tiempo atrás.

Aquella certeza la hizo estremecer.

Esta vez sí que se asustó. El miedo tomó velocidad a través de sus venas como lo habría hecho un camicace sin frenos.

Él se volvió a pasar la mano por el cabello negro, despeinando ligeramente los mechones, que eran cortos y ligeramente ondulados –. Joder…

–Mira, me ha costado encontrar un sitio que estuviese vacío –se quejó Aelén, sosteniéndole la mirada.

–¿Quieres que me vaya? –Era timidez lo que había estado esperando. Cierto tartamudeo y mejillas sonrojadas.

–¿Por qué estás fuera?

–No quería coincidir contigo.

–Ah…–apretó los labios. Después volvió a mirar hacia delante, apoyando la barbilla en el hueco de las rodillas.

Su mirada se perdió en algún punto impreciso de aquella calle de sentido único por la que avanzaba un taxi con los faros encendidos.

 Oyó cómo el demonio rebuscaba algo en su bolsillo, pero no le prestó atención.

Le acercó la pitillera de cuero.

Aelén dudó, pero acabó aceptando un cigarrillo. Aun que solo fumaba a escondidas, de vez en cuando, eso no le pareció importante en aquel momento.

Él se llevó otro a los labios. Chasqueó los dedos, generando una llama azulada entre sus yemas y, con cuidado, la acercó al rostro de Aelén, que retrocedió por instinto.

–No voy a hacerte daño –añadió con resignación. –Si prefieres un mechero –se palmeó los bolsillos –no tengo.

Aelén volvió a apretar los labios, esta vez en torno al papel del cigarrillo y, cuando él volvió a encender la llama con el mismo chasquido, tomó aire y sopló con fuerza.

Pero el demonio no se desvaneció. Solo el fuego.

–Esta vez no te servirá –rió. –Venga, vamos a ver si a la tercera lo conseguimos.

Volvió a acercarse. Le encendió el cigarrillo y se levantó.

Aelén no pudo evitar cierto sentimiento de decepción, pero él le tendió la mano.

–Vámonos de aquí –le dijo con voz suave, entre el eco de las guitarras españolas. –Este ambiente no es el mío. Ni el tuyo.

La joven negó con la cabeza. Se soltó y, tras echarle una última mirada,  bajó las escaleras tan rápido como podía hacerlo sin pisar el bajo de aquel vestido prestado. Poco después de doblar la esquina consiguió detener un taxi.

Dio la dirección de Ana.

La esperó sentada en el portal. Aquella noche prefería pasarla en su piso.

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Imágenes de portada: pixabay.com/es/

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