• Autor/a: Leona Rodrígues
  • Actualización: Septiembre 2020

Primera parte

 

Mediados de los noventa, cerca de Oviedo.

 

Con la luna llena las mujeres habían dejado la casa. Excepto Aelén, que permanecía en el salón apoyando los pies descalzos sobre la manta.

La joven no tenía permitido acudir a aquellas reuniones. No había nacido con la misma sangre y, a día de hoy, todo el mundo conoce la importancia que esto puede tener para una familia como la Jiménez.

Ella había pensado en leer un rato, pero después de que cediese el calor de la tarde, más o menos cuando los búhos ya habían empezado a ulular, la noche dio paso a una temperatura casi agradable.

Le apetecía salir al porche.

Se sentó en uno de los escalones de madera y, rodeando las piernas con los brazos, apoyó la barbilla en el hueco de las rodillas mientras se dedicaba a escuchar el canto que los grillos iban difuminando en la distancia. Hacía calor. Otros insectos sonaban a su alrededor, también el golpeteo de las polillas, que no cesaba contra los farolillos.

La suave brisa mecía el roble y acercaba el aroma de la manzanilla, elevándolo desde los arbustos.

Dejándose llevar por el impulso, se dirigió hacia el columpio que colgaba de las ramas. Se dice que ya habían soportado cómo impactaba un rayo. También los disparos de la guerra.

Por el diámetro del tronco seguramente había más que contar, pero el resto de las historias ya no las recordaba nadie.

Rodeó con sus dedos las cuerdas de rafia, ásperas contra la piel suave de las manos y, separando los pies del suelo, se impulsó notando cómo la tela del camisón se movía sobre sus muslos.

En alguna parte de la casa sonó una campanilla. Más allá ladró el perro de alguien.

Es difícil calcular el tiempo que pasó allí, sin más tarea que mecerse en el aire entre el vaivén de sus pensamientos. Cuando la forma redonda de la luna ya coronaba el cielo, Aelén se dio cuenta de que, lo que llevaba un rato antojándosele el reflejo de su luz plateada contra el cristal del ático, no lo era en absoluto.

Alguien había dejado la luz encendida.

Allí solo podían utilizarse velas; aterrizó en el suelo de un salto y, a la carrera, alcanzó la casa.

Tan solo se detuvo para cerrar la puerta. Después subió las escaleras sin perder el ritmo. El último tramo lo recorrió más despacio, notando el cambio de temperatura contra su piel.

Avanzó con la mano en la balaustrada, deslizándola sobre el listón de madera tallada, que a lo largo de los años había ganado varias capas de pintura brillante y barniz.

Debía cruzar otra puerta para alcanzar el ático. En él una vela ardía entre los espejos que se acumulaban contra muebles viejos. Algunos estaban cubiertos con sábanas, otros tenían encima cajas apiladas y sombras alargadas que el fuego hacía temblar.

Se sentó en la alfombra. Recogió las piernas y, ya sin ninguna prisa, empezó a pasar un dedo por los lomos de cuero. Las estanterías llenas de libros se alzaban hasta la bajada del techo.

La luz de la vela parpadeó dos, tres veces, antes de que el humo negro se empezase a condensar. Observó en silencio cómo tomaba la forma de un demonio, aún oscuro y difuminado contra las telarañas y el polvo.

Él, que tenía forma de hombre, se plantó ante la joven con ojos grises.

Ella, sin saber por qué, se puso de puntillas para besarle la punta de la nariz. Al separarse pareció perderse en la forma de la mandíbula, de proporciones angulosas, y en aquellas pestañas tupidas.

No sentía la necesidad de huir, pero apretó los labios pensando que lo mejor sería irse.

Podía salir corriendo. Si volvía a cerrar la puerta y hacía como que no había pasado nada, tal vez aquello se arreglase solo.

A fin de cuentas ninguno de los dos debería estar allí.

No pudo retirarse porque la sombra, que ya no lo era del todo, la tomó en brazos.

Aelén no temió mientras la alzaba con cuidado. Tal vez se habían conocido en otra vida. Quizás a él lo habían condenado y a ella se le había olvidado todo eso. O puede que fuese más inconsciente de lo que sus hermanas daban por hecho.

Él solo debía estar allí para morderle el cuello. Se alimentaría con el tuétano de sus huesos o con su sangre mundana y después arrojaría el cuerpo al bosque. O lo enterraría en el jardín de atrás.

Eso es lo que decía siempre la tía de los demonios, que te engañan para hacerte arder en fuego eterno.

Por eso hay que evitarlos.

Pero dudaba que fuese a tomarse tantas molestias. Dejaría el cadáver allí mismo antes de desaparecer y eso, sin lugar  dudas, haría que tía Dimitra se enojase por las manchas del suelo.

Apartando aquella idea, se preguntó si la vela sería suficiente para hacer arder la casa. Porque entonces nadie pensaría en el demonio. Culparían a su conducta despistada, la que ya había causado otros estragos. En eso quedaría todo. En que un descuido la había hecho perecer.

La verdad es que su mente estaba tomando velocidad. Empezaba a pensar demasiado. Rápido. Muy rápido. Pero no se estaba centrado en lo más importante. Apoyó las manos contra el pecho del hombre, tratando de separarse.

Cambió de opinión cuando él la sentó sobre la mesa, dejando la frente contra la de Aelén, que jadeó al notar cómo le separaba las piernas para colocarse entre ellas.

El tacto del cuerpo era firme y caliente contra la suavidad de sus muslos morenos.

Cerró los ojos cuando él se le acercó al cuello. Se estremeció al sentir aquella boca caliente en la base de su garganta. Desde ese punto, el demonio fue ascendiendo al pequeño lóbulo. Lo chupó y tiró de él. Después, soplando la humedad, consiguió arrancarle un grito de placer.

Aelén volvió el rostro en el intento de hallar sus labios. Él bajó la cabeza, entreteniéndose en los de la muchacha. Mordisqueó suavemente la parte inferior, trazando una línea sobre otra hasta notarla hinchada.

Gruñó sorprendido al notar cómo la joven se acercaba más, haciendo que el movimiento de su mandíbula ganase intensidad.

Cuando la tendió bajo su cuerpo, ella se retorció incómoda contra la dura superficie de madera. Dejó de importarle al sentir cómo le volvía a deslizar la boca por la piel, lamiendo lentamente el cuello hasta alcanzar la clavícula. Después, al rozar el punto en el que se unían los pechos, otro jadeo de la joven se perdió entre su aliento.

El demonio gimió con ella cuando le atrapó un pezón entre los dientes, que no eran más largos ni más afilados que los un hombre cualquiera. Se demoró en aquella zona, complacido con la manera en la que Aelén se arqueaba contra él.

Al hacerla girar, la joven abrió los ojos. Aunque no quería que se detuviera, trataba de encontrar en el exterior la cordura que no había en su interior.

Trató de concentrarse en el movimiento de la llama, pero sentir la respiración del demonio tan cerca de la parte más sensible de su cuello le impedía mantener un hilo coherente de pensamientos.

Alzó la cadera al notar la dura erección contra las nalgas.  

Él, arrastrando la mano, áspera y curtida, había comenzado a subirle el camisón por el muslo, en el que ejercía cierta presión que la hacía gemir.

Aelén volvió a apretarse contra él, esta vez encontrando la firmeza de un torso torneado. Si continuaba tocándola de esa manera, algo estallaría en su interior.

En un último intento de recuperar la sensatez, alargó la mano hacia la vela.

La acercó y sopló.

El aire se impregnó con el aroma de la cera quemada y, al mismo tiempo que la llama se apagaba, la sombra se desvaneció sobre su cuerpo.

La joven dejó caer el rostro sobre el tablón. Se centró en su respiración como si ello pudiera contener los desbocados latidos del corazón. En eso y en los rastros de limpiador de madera que aún impregnaban el mueble. Lavanda y una pizca de té.

Pasaron largos minutos antes de que se atreviera a ponerse en pie.

Se bajó el camisón sintiendo que le faltaba la mitad del corazón. Y que necesitaba una ducha bien fría.

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Imágenes de portada: pixabay.com/es/

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