[María Sala – El secreto de las siete chimeneas] 10.11.2013

Re: [María Sala – El secreto de las siete chimeneas] 28.09.2

Notapor manzana » Mar Oct 01, 2013 12:57 am

Me encanta tu novela la historia es fenomenal, además va al ritmo que me gusta, lento. No te preocupes por la redacción, jamás he tenido problema alguno para entenderte ni siquiera cuando se trata del diario de Karen, que por tratarse de una época anterior podría suponer alguna dificultad. Respecto del capitulo estuvo buenisimo, por fin Alejandro mostró algo:D esos celos? me encantaron si te soy sincera casi salto de la emoción cuando lo leí. Solo espero que puedas actualizar muy pero muy pronto que estoy que me como las uñas por la curiosidad de saber como continúa :lol:
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[María Sala – El secreto de las siete chimeneas]

Notapor franni044 » Lun Oct 07, 2013 10:09 pm

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Una calurosa noche de mediados de agosto, bajé por el abrupto camino que conducía hasta el lago en busca de paz. Era una costumbre arraigada en mi persona desde el año anterior, una urgencia nacida del inconsciente, que yo misma censuraba, pero que era incapaz de controlar. Necesitaba nadar sola, desnuda.

Cuando me introduje en el agua tibia, el ambiente olía a humedad. Las sombras me envolvían con un halo de irrealidad, apoderándose de mis pasiones más ocultas, de mis deseos más prohibidos. Me sentía embrujada por el blanquecino resplandor de la luna sobre el agua, por las fantasías eróticas enterradas en aquel fondo arenoso, conocedor de tantos secretos ya pasados.

Yo flotaba, con los brazos y las piernas extendidas, dejándome mecer. Miraba el cielo, donde las nubes grisáceas jugueteaban con la luna vistiéndola de oscuridad. Imaginé a Alejandro, tan alto y robusto, adentrándose en el agua, desnudo, con el deseo dibujado en la cara. Notaba su cuerpo ciñéndose al mío, mientras su lengua húmeda subía por mi cuello hasta alcanzar los labios. Un calor líquido se instaló en mis entrañas y el rubor subió a mis mejillas. Por más que lo intentaba, no podía olvidarme de Alejandro, de aquel primer beso en su dormitorio, tantos años atrás. Me sentía culpable, una mala persona, por permitir que mi mente divagara por esos derroteros. Alejandro era el novio de mi hermana, mi cuñado, y no estaba bien fantasear de aquella forma con él.

Un rayo iluminó el cielo nocturno, haciendo visible una figura que se aproximaba a la orilla. Cuando la luz del relámpago se disipó por completo, solo pude escuchar los pasos en la lejanía, delatados por el crujido de las ramas al romperse.

Me incorporé en el agua y nadé hasta la otra punta para recoger mi ropa, doblada sobre una roca. Otro relámpago encendió la oscuridad, delatando a la silueta masculina que caminaba entre las sombras hacia mí.

Sin tiempo de vestirme, avancé a ciegas, intentando esconder mi desnudez con las prendas que sostenía entre las manos.

—Oye, ¿qué haces aquí? —La voz de Alejandro rompió el silencio del lago—. ¡Espera! No te marches. No voy a hacerte nada.

Corrí por entre los árboles y la vegetación, saltando matas y matojos a ciegas, guiada por el instinto de la presa que es perseguida por el cazador.

—¡No huyas! —gritaba Alejandro, corriendo tras de mí—. ¡Solo quiero hablar contigo! ¡Has allanado una propiedad privada!

Acorralada, como un conejillo sin madriguera, me detuve para mirar hacia todos lados, no tenía escapatoria. Entonces, mis ojos repararon en el único árbol que tenía un nudo grueso en el tronco. Era el resto de una antigua rama, un escalón perfecto para ascender por él. Con manos temblorosas, sujetando la ropa con la boca, trepé hasta la copa del enorme sauce. Dejé de respirar cuando Alejandro se detuvo justo bajo mis pies.

—¡Maldita sea! ¿Dónde diablos se ha metido? —Tragué saliva, esforzándome por no hacer ruido.

En mi interior, una vocecita no paraba de decirme, que no estaría metida en tremendo lío, si no me hubiera comportado de una manera tan imprudente. Si Alejando me pillaba desnuda, escondida en la copa de un árbol, la opinión que tenía de mí no iba a mejorar mucho.

Varias gotas traicioneras de agua se escurrieron por mi pelo y cayeron sobre el antebrazo descubierto de Alejandro.

—¿Pero qué...? —preguntó, tocándose la piel mojada.

Me iba a descubrir. Pero qué podía hacer yo. ¡Oh! ¡Dios mío! Alejandro estaba levantando la cabeza en ese preciso momento.

El cielo soltó amarras y comenzó a caer una tromba de agua. Me había salvado un milagro convertido en miles de gotitas diminutas, que se unieron a las que resbalaban por mi pelo y por mi espalda, empapando al muchacho que permanecía a mis pies.

—¡Genial! Y ahora se pone a llover. —Malhumorado, tomó asiento sobre una inmensa raíz que sobresalía del suelo—. Esa chica se ha esfumado en medio de la nada. ¡Qué suerte la mía! —Se recostó contra el tronco, en tanto yo me encogía en mi rama, temiendo que viera mis pies.

Cuando escampó, treinta minutos más tarde, Alejandro se marchó rumbo a la mansión. Por fin, bajé del árbol y respiré aliviada. Me estaba vistiendo a toda prisa, cuando la luna apareció por unos instantes, antes de volver a esconderse tras las nubes. Aquel pequeño lapso de tiempo, me permitió ver una inscripción grabada en el nudo del sauce, el mismo que yo había utilizado como escalón para llegar a las ramas.
Acaricié con los dedos la vieja inscripción tallada en la madera. Un corazón y dos letras entrelazadas: una K y una A. Aquel era el sauce que Karen y Abel habían utilizado de niños para reunirse.


Tres días después, mientras yo terminaba de arreglarme en el cuarto de baño para salir con Cristian, mi hermana entró en mi habitación sin llamar, y tomó asiento en la cama, con una sonrisa felina en el rostro.

—No hace falta que te esfuerces mucho, hermanita —sugirió mordaz—. Este teatro se va a acabar por fin. Supongo que Cristian terminará hoy contigo. ¿Me pregunto qué excusa le dará a mamá? Quizás diga que no eres su tipo o, tal vez, qué no le gustan las cosas muy usadas.

Enarqué una ceja y miré a través del cristal a la extraña que estaba ante mí, tan segura de sí misma, y que tan poco se parecía a la hermana cabezota que llegó conmigo a la mansión. La abuela se había encargado de engordar su ego hasta límites insospechados, convirtiéndola en una esnob, creída y estirada.

—Te voy a dar un consejo, hermanita. No te enamores de Cristian. Ya sé que es imposible, es tan guapo y sexy. —La observación me hizo reír de buena gana, pues mi hermana jamás hubiera imaginado cuanto me aburría su exnovio—. ¡Deja de reírte! Será mejor que no intentes nada con él o te va a ir muy mal. No pegáis ni con cola. Además, ¿qué hombre se va a fijar en ti después de haberme conocido a mí?

Me clavó la mirada, esperando mi reacción. La ignoré y continué atusándome el pelo frente al espejo del cuarto de baño. No entendía por qué estaba tan celosa, cuando aquella situación la había provocado ella misma. Si no hubiera jugado a dos bandas, ahora yo no tendría que estar cubriéndole las espaldas.

—Sé que me culpas de todo, pero quiero que entiendas una cosa, enana. Amo a Alejandro, aunque no me creas. —Su mirada parecía sincera—. El problema es que necesito a Cristian. Ríete si te da la gana. Lo necesito y no he podido dejarlo por más que lo he intentado. Tiene algo adictivo, que me hace depender de él.

Contemplé a mi hermana por encima del hombro, con desdén. Era una egoísta, lo quería todo, y eso no era posible. Al pasar junto a ella para salir del dormitorio, Sonia me sujeto la mano.

—Espera, no te vayas. —Sonia bajó la cabeza y no pude ver su expresión—. Lo siento. Creo que estoy celosa. —Sonia levantó la vista. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas—. No sé qué me pasa, Sara. Ni siquiera sé qué quiero. —Se cubrió la cara con las manos—. ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué te trato así? Es como si estuviera loca. Digo cosas que no quiero decir, y luego me remuerde la conciencia. A veces tengo la sensación de no ser yo misma, de ser otra persona. Solo cuando estoy con Cristian vuelvo a ser yo, Sonia, la hija de papá y mamá, tu hermana. Es como si esta casa lo hubiera cambiado todo.

Los sollozos de mi hermana me ablandaron el corazón. Hacía mucho tiempo que no la abrazaba, por eso ambas nos sorprendimos cuando la rodeé con mis brazos para consolarla. Sonia se agarró a mí con fuerza y ahogó un grito contra mi cuello. Las dos nos habíamos perdido a nosotras mismas, transformándonos en simples marionetas del destino. Sonia se había acostumbrado tanto a representar el papel que la abuela había diseñado para ella, que ya no sabía ni quién era.

—Lo siento. Lo siento —se disculpaba—. Soy una mala persona, no me hagas caso. Será mejor que me vaya. No debería haber venido.

Se levantó de forma precipitada y salió de mi habitación dejándome con un inmenso vacío en el estómago. La situación cada vez era más inverosímil. Ahí estaba yo, envidiando a mi hermana por salir con Alejandro, y ella, celosa de mí por estar con Cristian. ¿Qué más podía pasar?

Un rato después, salí de mi dormitorio y me encontré de frente con el sujeto que ocupaba mis pensamientos. Alejandro, sentado en un sillón del saloncito, me observaba con frialdad.

—Mira a quién tenemos aquí —comentó burlón—. Oh, mi dulce Sara, déjame decirte que estás espectacular. Esa falda anticuada te queda como un guante, sin mencionar la preciosa camiseta de algodón, dos tallas más grandes. Estoy seguro que vas a impresionar a tu novio.

Alejandro se levantó del sofá y dio una vuelta a mí alrededor como si estuviera observando a un mono de feria. Me hizo sentir ridícula por llevar aquella ropa tan fea que me compraba la madame.

—El peinado que llevas es tan moderno —aseguró con cinismo, cogiendo una de mis largas trenzas—. ¿A quién pretendes engañar? —Acercó su cara a la mía—. ¿Acaso a tu nuevo novio le pone cachondo que te vistas como una mojigata?
Aunque intentaba controlar mis emociones, una lágrima rodó por mi mejilla. Alejandro me levantó la cara.

—Lo siento. —Con el dedo pulgar, me acarició el labio inferior—. No quería ser tan brusco. Últimamente, sacas lo peor que hay en mí. Pero tú no tienes la culpa, claro. Lo que hagas con tu vida no debería importarme en lo más mínimo. Sin embargo, no puedo evitar sentirme así. Y eso me da más rabia.
Alejandro apoyó su frente contra la mía, rodeándome por la cintura. Como en una de mis fantasías, sentí el calor de su cuerpo traspasar la fina tela de mi ropa.

—De todas las chicas que conozco, porqué me tiene que pasar esto contigo. —Su boca cada vez estaba más cerca de la mía—. ¿Qué tienes tú de especial?

Justo cuando nuestros labios se iban a tocar, la abuela abrió las pesadas puertas que encerraban el saloncito. Al escuchar el chirrido de las viejas bisagras, Alejandro y yo nos separamos como impulsados por un resorte, todavía temblando.

—Daniel te espera en la cocina, niña —carraspeó la vieja, muy incómoda al percibir en el aire una tensión extraña—. Será mejor que bajes, si no quieres llegar tarde.

Sin atreverme a levantar la vista del suelo, abandoné la sala con prisa. Ya iba por la mitad del pasillo cuando recordé haberme olvidado del bolso y el monedero en mi habitación. Volví sobre mis pasos.

—¿Se puede saber en que estabas pensando, muchacho? —Escuché decir a la abuela—. Por el amor de Dios, estabas a punto de…

—No-no es lo que parece. Ella y yo sólo estábamos…

—A punto de besuquearos. Aunque estoy convencida de que todo es culpa de esa niña malcriada. Se te ha ofrecido, ¿verdad? —Alejandro se tensó al oírla decir eso—. Lo dije mil veces, pero nadie me hizo caso. Le han dado demasiadas libertades a esa descarada y ahora es una viciosa.

Me llevé una mano a la garganta, deseando poder gritar. Las cuerdas vocales permanecieron rígidas, sin emitir ningún sonido. A qué estaba jugando la abuela. Ella, mejor que nadie, sabía que yo era inocente. En su afán por proteger a mi hermana, era capaz de sacrificarme, sin que le importara lo más mínimo el daño que pudiera hacerme.

Estaba cansada de ser tan pasiva, de permitir que el mundo entero hiciera conmigo perrerías, como si yo fuera un felpudo sin sentimientos, donde cualquiera podía limpiarse de su inmundicia. El rencor se plantó en mi alma como una pequeña semilla, que esperaba ser alimentada con odio y resentimiento.

Me dirigí a la cocina a grandes zancadas, pasando del bolso y del monedero. Estaba muy enfadada. Al entrar me encontré a Cristian charlando con mamá y Adela, sentado a la mesa. Al verme aparecer, el muchacho se puso en pie con una sonrisa en el rostro.

—Sara, estás preciosa. —Se acercó y me dio un beso discreto en los labios—. ¿Ya estas lista? —Afirmé con la cabeza—. Estupendo. Entonces, el cine nos espera.

—Daniel —dijo mamá antes de marcharnos.

—¿Sí?

—Hoy puedes traer a Sara un poquito más tarde. ¿Qué te parece las once?

¡O no! Encima, iba a tener que soportar la monotemática conversación de Cristian sobre mi hermana una hora más. ¡Ese no era mi día! Miré a Cristian con intención, esperando que reclinara la oferta.

—Me parece magnífico. —Cristian me pasó un brazo por los hombros—. Tu madre es encantadora, ¿no te parece, preciosa?
—Mamá se ruborizó en el acto.

Estaba claro que aquel chico era un encantador de serpientes, con pocas palabras sabía embaucar a quien deseaba. Adela, por su parte, no se dejaba engañar como mamá, y lo miraba con recelo.

Armada con todas mis fuerzas, me preparé para soportar seis horas en compañía del exnovio de mi hermana, rezando para que la película que íbamos a ver durara casi tanto como “Lo que el viento se llevó”, así no tendría que prestar atención a su soporífera cháchara.

Continuará…

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Re: [María Sala – El secreto de las siete chimeneas] 08.10.2

Notapor franni044 » Lun Oct 07, 2013 10:23 pm

¿Qué os parece la nueva portada que he diseñado para la novela? He cogido varias fotos y las he mezclado. El resultado es bastante colorido. He intentado mantener el estilo de “El guardián de tus secretos” XD, espero haberlo conseguido. Ya me diréis que si os gusta.

Un besito.
Imagen

PD: podéis ver la nueva portada en la primera página de este post, sobre el prólogo.
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Re: [María Sala – El secreto de las siete chimeneas] 08.10.2

Notapor daliza » Mar Oct 08, 2013 6:59 pm

HOLA! Gracias por continuar, cada vez esta mas interesante esta novela, la portada esta grandiosa, me gusta!
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Re: [María Sala – El secreto de las siete chimeneas] 08.10.2

Notapor marian arpa » Mié Oct 09, 2013 3:05 pm

:D :D :D :D :D :D :D :D :D :D :D :D :D :D :D :D

Esto cada vez se pone más interesante. Por un lado Sonia, y por el otro Alejandro, y los dos van a desahogarse con Sara, serán tontos. Que sean ellos mismos, que le planten cara a la madame, y que cada uno haga su vida.

Esta madame em pone de los nervios con sus manipulaciones. grrrrrrr...

La portada me parece fantástica, llama mucho la atención, y eso es bueno.

Genial.

Un abrazo y besos.
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Re: [María Sala – El secreto de las siete chimeneas] 08.10.2

Notapor Adala » Dom Oct 13, 2013 4:01 pm

marian arpa escribió::D :D :D :D :D :D :D :D :D :D :D :D :D :D :D :D

Esto cada vez se pone más interesante. Por un lado Sonia, y por el otro Alejandro, y los dos van a desahogarse con Sara, serán tontos. Que sean ellos mismos, que le planten cara a la madame, y que cada uno haga su vida.

Esta madame me pone de los nervios con sus manipulaciones. grrrrrrr...

La portada me parece fantástica, llama mucho la atención, y eso es bueno.

Genial.

Un abrazo y besos.


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Re: [María Sala – El secreto de las siete chimeneas] 08.10.2

Notapor fatmi » Dom Oct 13, 2013 6:18 pm

me encanta cada vez se complica mas! ya quiero saber como sigue
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Re: [María Sala – El secreto de las siete chimeneas] 08.10.2

Notapor daliza » Jue Oct 24, 2013 1:08 pm

Hola! cuando continuas? esta novela esta muy interesante, espero que te encuentres bien y puedas seguirla, hasta luego! :D
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[María Sala – El secreto de las siete chimeneas]

Notapor franni044 » Dom Nov 10, 2013 6:51 pm

__________________________________

A las nueve y media, por fin, Cristian aparcó frente a la mansión. Nuestra cita estaba a punto de acabar. Me dolía la cabeza, las plantas de los pies y tenía tanta hambre que mis tripas sonaban como la filarmónica en medio de una noche callada. Cristian me miró de reojo y sonrió de oreja a oreja.

—Seguro que ahora te arrepientes por no haber aceptado mi invitación. —Avergonzada, bajé la vista. Por más que él había insistido en cenar por ahí, me había negado en redondo. Deseaba llegar temprano a casa para terminar con aquel falso noviazgo de una vez.

Cristian me envolvió entre sus brazos. Por el rabillo del ojo atisbé el movimiento de las cortinas en la cocina. Alguien nos estaba espiando.

—Relájate —me susurró junto al oído—. Esta noche has estado más dispersa de lo normal, ¿te pasa algo?

Coloqué las manos sobre el amplio pecho masculino y empujé, tratando de poner distancia. Se suponía que esa debía ser nuestra última cita. ¿Por qué se comportaba así? ¿Por qué no terminaba conmigo como había acordado con la abuela? ¿A qué estaba esperando?

—No me mires de esa manera. Sé muy bien lo que está rondando por tu cabecita, pero no voy a romper contigo por ahora. Esta situación es demasiado beneficiosa para mí. Fíjate allí. —Apuntó con la barbilla de manera disimulada hacia la ventana de la cocina—. Te apuesto lo que quieras a que tu hermana se está comiendo las uñas de rabia.

Una sombra se perfilaba a través del fino visillo. Cristian aprovechó la distracción para besarme con ardor, obligándome a abrir la boca para introducir su lengua. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza y traté de resistirme.

—¡Suéltala! —Alejandro bajó los peldaños de la escalera de servicio de dos en dos—. ¡Quítale las manos de encima!

—Tal parece que me he equivocado —murmuró Cristian, con una sonrisa maliciosa en los labios—. No era Sonia la que se mordía las uñas sino tu amigo el troglodita. Que interesante.

—¿Te estaba forzando, Sara? —preguntó Alejandro, liberándome del abrazo de Cristian de un tirón.

—Es mi novia, como la voy a...

—¡Cállate, estúpido! No estoy hablando contigo. —El aliento de Alejandro olía a alcohol.

—Tranquilo, amigo. —Cristian levantó las manos como símbolo de paz—. Has bebido demasiado y has malinterpretado la situación. Solo quiero despedirme de mi novia.

Alejandro se interpuso en el camino de Cristian, ocultándome tras su espalda. El ambiente se cargó de inmediato con una tensión densa, vibrante, que auguraba pelea.

—Apártate y déjame despedirme de “mi novia” —ordenó entre dientes Cristian, ya sin la actitud fría y pacífica de antes.

—Creo que por hoy ya os habéis despedido suficiente. Lárgate.

—No digas gilipolleces.

—Esta es mi propiedad y te ordeno que te largues.

—¿Tú propiedad? Por si se te olvida, amigo, en tu propiedad hay algo mío. —Las pupilas de Cristian ardían de furia. Alejandro se irguió cuan alto era, sobrepasando a su rival. Ignoraba que aquella persona que Cristian reclamaba como suya no era yo, si no mi hermana.

Mi presunto novio también se irguió cuanto le permitía su metro ochenta y tres, levantó la cabeza y miró a su adversario de manera retadora.

—Dejémoslo. No vales la pena, amigo. —Cristian se pasó una mano por el pelo y con un gesto socarrón me guiñó un ojo. Acto seguido se dio la vuelta, montó en su coche y bajó la ventanilla—. Nos vemos otro día, preciosa.

La gravilla salió disparada hacia todos lados cuando las ruedas del vehículo comenzaron a girar como locas. El olor a goma quemada perduró en el ambiente incluso después de que las luces del coche se desvanecieron en la distancia.

—¿Qué puedes ver en ese tipo? —Alejandro me arrastró por un brazo al interior de la casa—. Es un capullo. La próxima vez que le vea ponerte una mano encima le voy a... —continuó farfullando atravesando estrechos pasillos y amplios corredores. Advertí que cojeaba un poco y me preocupó que pudiera caerse y hacerse daño debido a su embriaguez. Cuando nos detuvimos frente a mi dormitorio, respiré aliviada.

Alejandro apartó la mano de mi brazo y guardó silencio. La incomodidad bailaba a nuestro alrededor al compás del reloj del saloncito. Ambos permanecimos muy quietos durante varios segundos, sin mirarnos.

—Perdona. —Alejando se masajeó el puente de la nariz con los ojos cerrados—. Te estaba esperando en la cocina para disculparme por mi arranque de esta tarde y lo he empeorado todo. —Carraspeó—. No pretendía espiaros. He escuchado el coche llegar y luego... Quizás lo he malinterpretado y he exagerado un poco, pero es que no quiero que te hagan daño. Eres como mi hermana pequeña y… Bueno, mi deber es protegerte.

Alejandro dio un pequeño puntapié a un objeto inexistente en el suelo y se metió las manos en los bolsillos del pantalón tejano.

—No quiero meterme donde no me llaman, pero ese Daniel no es de fiar. Oculta algo. Además es demasiado mayor para ti. En cualquier caso, soy tu amigo y hoy no me he comportado como tal. Lo siento. Me parece que te debía esta disculpa.

Sonreí con lágrimas en los ojos y negué con la cabeza. Me sentía feliz al saber que Alejandro aún se consideraba mi amigo y triste por ser sólo como una hermana pequeña para él. Aunque me daba igual, con estar cerca suyo era suficiente. Alejandro era mi luz, mi mundo, mi amor. No importaba si me correspondía, si me veía como una hermana o como una amiga. Lo necesitaba tanto como al oxígeno, bebía de su presencia y precisaba sus sonrisas para sobrevivir.


Pasé mala noche por culpa del enfrentamiento entre Cristian y Alejandro. Tanta testosterona me había quitado el sueño. A las tres de la madrugada, cansada de dar vueltas en la cama, tomé los diarios de Karen dispuesta a releer mis trozos favoritos. Era extraño saber que aquellas personas, que alguna vez formaron parte de la historia de la mansión, habían respirado el mismo aire que yo y compartido el mismo techo. Era pura magia. Un milagro en forma de diario personal, que convertía el pasado en presente, que daba voz a los muertos y construía un universo paralelo a través del cual yo podía conocer aquella otra realidad, olerla, saborearla y entenderla hasta cierto punto.

La mañana me encontró sumergida en el pasado. Bostecé y me estiré para desentumecer los huesos. Eran las siete en punto, tenía una hora para echar una cabezadita antes de que mamá viniera a buscarme para desayunar. Me disponía a cerrar el tercer diario cuando mis ojos se posaron en la piel despegada de la tapa de cartón, donde Karen había escrito el acertijo que me había permitido encontrar el cuarto manuscrito. La fina piel, casi transparente, se estaba deshaciendo a pedazos debido a mi torpeza a la hora de despegarla. En un intento de acallar mi mala conciencia, decidí utilizar un poco de celo para que no terminara de romperse. Cuando uní las distintas partes, releí el texto. Algunas letras se habían desintegrado, pero en conjunto se entendía bien. Una frase peculiar llamó entonces mi atención:

___________________“La tercera es ahora la cuarta y la
___________________cuarta viene acompañada por la quinta,
___________________oculta tras dos hermosos capiteles, que
___________________miran al firmamento para no tener que
___________________ver sus propios pies de frío y duro
___________________alabastro”.

¡Cómo no había caído en la cuenta antes! ¡Era evidente que Karen se refería al quinto diario! Lo único que no llegaba a comprender era donde lo había escondido. Anticipándome al acertijo, ya había revisado el hogar de las tres chimeneas restantes, sin encontrar nada, ningún hueco o escondrijo.

Tocada por la musa de la inspiración, me levanté de la cama de un brinco y salí al saloncito sin hacer ruido. Tras pegar la oreja en la puerta de Alejandro, comprobé que no había nadie. El muchacho debía estar desayunando con el resto de la familia, así que me colé en su dormitorio seguida por Orejas.
Al llegar a la biblioteca descorrí las cortinas para que entrara la luz de la mañana. Examiné de nuevo las tres chimeneas que faltaban, introduciéndome en el interior por si había pasado algo por alto en mis exploraciones anteriores. En apariencia eran idénticas, excepto, por que una tenía dos pequeñas columnas de mármol blanco que franqueaban la entrada del hogar. Eso era lo único que la diferenciaba del resto.

Me puse en cuclillas para mirar más de cerca los dos pilares mencionados en el acertijo. El zócalo sobre el que se asentaba la columna derecha, se veía torcido y un poco más hundido que el situado en la parte izquierda. Era un simple detalle que pasaba desapercibido si no se buscaba a conciencia.

Coloqué los dedos en el filo tallado del mármol y tiré con empeño. En el proceso perdí tres uñas y gané una herida en la mano producida por un raspón. La frente se me perló de sudor cuando clavé los dedos en el cemento y estiré cerrando los ojos por el esfuerzo. Deseaba que se moviera, sabía que se movería.

La pesada base cuadrada cedió ante mi presión varios centímetros, revelando en su interior una nueva caja de metal. Ansiosa, apliqué más presión para conseguir el espacio necesario que me permitiría extraer el cofre. En cuanto lo tuve en mis manos, me sacudí el polvo de los dedos y abrí la tapa, descubriendo el quinto diario. En esta ocasión el libro era de cuero verde, con los cantos dorados. Estaba en mejor estado que los cuatro anteriores. Después de colocar todo tal como lo había encontrado, corrí a mi habitación para leerlo.


___________________________________Miércoles, 24 de septiembre de 1913.

Querido diario:

Tito, mi pequeño rayo de esperanza, ya ha cumplido ocho meses. Mis pesados días de encierro no son tan tediosos gracias a él. Me deleitan sus risas, sus gorgoteos, esos ojitos que tanto me recuerdan a su padre. Madre también disfruta de mi pequeño. Aunque intenta disimularlo, la he visto cogerlo para hacerle monerías cuando cree que no la veo. Sé que se siente miserable y culpable por cómo vivimos: desterradas en nuestra propia casa, dos parias sin derechos, sometidas a los caprichos de Claudia y de mi marido.
Desde que la familia de la cruz se instaló en la mansión, ya hemos cambiado tres veces a las muchachas del servicio. La única que soporta con estoicismo los caprichos de Claudia es Soraya. Algunas veces hasta me da pena la pobre diabla. Supongo que no quiere renunciar a los derechos que heredó de padre, pues si se marcha, dado que mi familia está en la ruina, y nos mantenemos con la caridad de mi esposo, perdería la paga vitalicia del fideicomiso. Ahora le toca morderse la lengua y aguantar como al resto de nosotros.
El Conde por su parte se mantiene ocupado con su ristra de amantes. No sé de dónde saca tanto vigor, pero doy gracias al cielo por el interés que ese viejo chocho muestra por esas pobres meretrices. Sólo tengo que saciar sus deseos carnales algunas noches durante el mes. Sé que he perdido valor para él desde que el doctor dictaminó que posiblemente no volvería a quedar encinta, aunque me da igual. Otras mujeres hubieran llorado a mares, en cambio yo, sonreí con los ojos llenos de esperanza y le di las gracias al buen doctor, que me sonrió con desconcierto. Nunca pensé que pudiera alegrarme tanto una noticia tan triste.


________________________________________________Karen.


Mis dedos pasaron las hojas con rapidez, deseosos por saber más sobre la vida de Karen. En seguida descubrí que las entradas del diario no eran regulares. Karen escribía de modo intermitente, en ocasiones unos cuantos días seguidos, pero en general dejaba pasar grandes periodos de tiempo. Únicamente, explicaba sucesos puntuales. Por lo que adiviné entre líneas, sus días eran muy monótonos. Se pasaba las semanas encerrada en el dormitorio, cuidando de su hijo, que al parecer no tenía muy buena salud. En aquel escaso año de vida, el niño ya se había resfriado dos veces y otra vez había cogido una infección intestinal. El Conde, que no estaba dispuesto a gastar dinero en el bastardo de un pordiosero, esperaba hasta el último momento para avisar al doctor. Además, se divertía viendo sufrir a su suegra y a su esposa. Por otro lado, Claudia disfrutaba instigando a su padre para que retrasara, cuanto más mejor, la llegada del médico, en un intento de atormentar a Karen con la hipotética muerte prematura de su hijo.

Karen se arrepentía por no haber escapado. Si no hubiera sido tan cobarde y se hubiera negado a las exigencias de su madre, sería libre y ahora estaría junto a Abel, con su hijo. Que hubiesen importado unos cuantos chismes frente a una vida repleta de dicha. Esos pensamientos no dejaban de atormentarla.

El ambiente hostil se fue nutriendo con el paso del tiempo y posicionó a los habitantes de la mansión en dos bandos bien definidos. Karen y su madre estaban a un lado, el Conde y Claudia al otro. Soraya se mantuvo durante unos meses en campo neutral, pero terminó decantándose por el bando que más le convenía. A Karen no le pasó desapercibido el descarado coqueteo que Soraya mantenía con su esposo, quien no dejaba de comérsela con los ojos. Al viejo le encantaban las pelirrojas, y Soraya al igual que Karen, lo era.

En las pocas ocasiones que la familia se sentaba a la mesa para cenar, el escuálido viejo no podía apartar su indecente mirada de Soraya, que iba y venía moviendo las caderas con las bandejas de comida. Lo más curioso, era que la sirvienta se mostraba halagada. Seguro que ya contaba con los dedos los futuros beneficios que podía sacar de aquella situación.

Una tarde en el jardín, poco antes de ponerse el sol, Karen fue testigo de un encuentro furtivo entre su marido y Soraya. Las manos afiladas del viejo subieron los amplios faldones del uniforme de la sirvienta y de una embestida la poseyó allí mismo, apoyados contra una de las columnas del patio. Aunque fue un acto brutal, Soraya pareció disfrutar en todo momento, entregándose a la pasión.

Continuará…

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Re: [María Sala – El secreto de las siete chimeneas] 10.11.2

Notapor marian arpa » Lun Nov 11, 2013 3:31 pm

:x :x :x :x :x :x :x :x :x :x :x :x :x :x :x

Esos celos de Alejandro...!!!!! Ay, si se entera la vieja.

Pero le daría de cachetadas, por tonto, por dejarse manipular, que mande a esas dos maquinadoras al carajo y que se quede con Sara.
¿Qué es eso de que la quiere como a una hermana? ¿Se está escuchando? Yo no lo creo.

Poco a poco, vamos sabiendo más sobre la vida de Karen, ¡Que lastima! Que mal vivir.

Si el viejo se muere... ¿Quien hereda, la hija o la esposa? Si es esta última, que lo tiren al lago... gggggggrrrrrrrrrrrr.

A la espera de maaaaaaaaassssssssss.

Muchos besos.
marian arpa
 
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